La caridad en María




La caridad en María 


Mensaje, 28 de febrero de 1985

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a vivir en esta semana estas palabras: YO AMO A DIOS EN TODO! Queridos hijos, con el amor, ustedes lo conseguirán todo, aún aquello que les parece imposible. Dios desea de la parroquia un abandono total. Yo también lo deseo. Gracias por haber respondido a mi llamado!”




Así queda plenamente de manifiesto el vínculo que une a María con el Espíritu Santo, ya desde el inicio de su existencia, cuando en su concepción, el Espíritu, el Amor eterno del Padre y del Hijo, hizo de ella su morada y la preservó de toda sombra de pecado; luego, cuando por obra del mismo Espíritu concibió en su seno al Hijo de Dios; después, también a lo largo de toda su vida, durante la cual, con la gracia del Espíritu, se cumplió en plenitud la exclamación de María: «He aquí la esclava del Señor»; y, por último, cuando, con la fuerza del Espíritu Santo, María fue llevada a los cielos con toda su humanidad concreta para estar junto a su Hijo en la gloria de Dios Padre.

«María -escribí en la encíclica Deus caritas est- es una mujer que ama. Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama» (n. 41). Sí, queridos hermanos y hermanas, María es el fruto y el signo del amor que Dios nos tiene, de su ternura y de su misericordia...

También hoy es necesaria la conversión a Dios, a Dios Amor, para que el mundo se vea libre de las guerras y del terrorismo. Nos lo recuerdan, por desgracia, las víctimas, como los militares que murieron el jueves pasado en Nassiriya, Irak, a los que encomendamos a la maternal intercesión de María, Reina de la paz..."  [Benedicto XVI,  5-V-06]


“El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (FC 11)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2392).


«Cada día se debe aprender el arte de amar. Escuchad: Cada día se debe aprender el arte de amar, cada día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día se debe perdonar y mirar a Jesús, y ello con la ayuda de este «Abogado», de este Consolador que Jesús nos ha enviado que es el Espíritu Santo.» (Papa Francisco, Regina Coeli, 21-5-2017)


«Los cristianos admiramos la belleza y cada momento familiar como el lugar donde de manera gradual aprendemos el significado y el valor de las relaciones humanas. «Aprendemos que amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso, es una decisión, es un juicio, es una promesa» (Erich Fromm, El arte de amar).

«María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar.» (Papa Benedicto XVI, 9 de julio 2006)



Los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, han sido creados para el amor, y ciertamente en lo más profundo de nuestro ser deseamos amar y ser amados. Sólo el amor de Dios puede satisfacer plenamente nuestras necesidades más profundas y, sin embargo, mediante el amor entre marido y mujer, el amor entre padres e hijos, el amor entre hermanos, se nos permite pregustar el amor ilimitado que nos espera en la vida futura. El matrimonio es verdaderamente un instrumento de salvación, no sólo para las personas casadas, sino también para toda la sociedad. Como cualquier objetivo que vale realmente la pena, implica exigencias, nos desafía, nos pide estar dispuestos a sacrificar nuestros intereses por el bien de los demás. Nos pide practicar la tolerancia y ofrecer el perdón. Nos invita a alimentar y a proteger el don de la nueva vida. 

La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas. Al principio, en efecto, «creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Creced, multiplicaos”» (Gn 1, 27-28). Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida.


"Volvamos al relato del Evangelio para oír la respuesta de Cristo a la voz de esa mujer que exclamaba: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11,28). El Señor, para que todos aprendiéramos, quiso responder con otra bienaventuranza: “Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

Así elogió Jesús a su Madre, por el sacrificio silencioso de su vida, llena de inmenso amor, de servicio incondicional a los planes divinos de salvación. Nos la dejó como modelo de aceptación y cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios. En la vida de María, de una madre y esposa, aprendemos que en la normalidad cotidiana de nuestros deberes familiares y sociales, cumplidos con mucho amor, podemos y debemos alcanzar la santidad cristiana. El Concilio Vaticano II ha querido recordar este valor santificador que tienen las realidades diarias para todos los cristianos, cada cual en su tarea, al enseñar con respecto a los laicos que “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios, por Jesucristo” (Lumen gentium LG 34).

Pienso ahora especialmente en las mujeres de Chile, que saben imitar tan bien a nuestra Madre la Virgen. Doy gracias al Señor por esas virtudes femeninas con las que contribuyen al bien de todos. Le pido que toda la vida nacional se beneficie de esa ternura y fortaleza del buen sentido humano y cristiano, de la fidelidad v el amor que las distinguen. Para que se alcance un clima de serena y gozosa convivencia entre todos los chilenos, hace falta que os sigáis empeñando siempre en hacer de cada hogar un remanso de paz y una fuente de alegría cristiana. Viviendo como esposas, hijas y hermanas ejemplares, podréis difundir en la sociedad y en la Iglesia el calor del hogar de la Sagrada Familia de Nazaret." (San Juan Pablo II, Chile, Domingo 5 de abril de 1987)


"Dios, Padre nuestro, Te damos gracias por hablarnos en este tiempo a través de María. Te pedimos el don del ayuno y la renuncia y que nos liberes de todo lo que nos impide estar cerca de Jesús, Tu Hijo, el Emmanuel. Libéranos de toda soberbia y egoísmo y de cualquier miedo o desconfianza. Danos un profundo anhelo por Su cercanía y a través de El, por la cercanía a Ti, oh Padre. Danos el espíritu de oración y a través de Tu Espíritu revélanos Tu voluntad para nosotros. Ayúdanos a vencer nuestra propia voluntad y que nunca más Tu voluntad nos distancie de Ti. Danos la fortaleza para que, a través de nuestra vida, lleguemos a ser apóstoles del amor. Perdónanos por todo lo que no es amor en nosotros. Te pedimos a nombre de todos los bautizados y de todos los que se llaman cristianos que podamos decidirnos por el amor y la paz. Te rogamos que nuestros corazones se abran a la resurrección que Tú, oh Jesús, nos ofreces por medio de Tu Resurrección. María, contigo le pedimos al Señor que nos bendiga a todos, a todos los peregrinos y al mundo entero, a fin de que este año del Espíritu Santo seamos iluminados y que por T u intercesión encontremos el camino al Señor. Por Cristo Nuestro Señor, ¡una feliz Pascua de Resurrección! Amén."  (Fray Slavko Barbaric, Medjugorje, Marzo 27 de 1998)


Atentamente Padre Patricio Romero








La esperanza de María




La Esperanza de María


Mensaje, 25 de marzo de 2003

“¡Queridos hijos! Aún hoy, los llamo a orar por la paz.Oren con el corazón hijitos, y no pierdan la esperanza porque Dios ama a sus criaturas. El desea salvarlos, uno por uno, a través de mis venidas aquí. Los invito al camino de la santidad. Oren, porque en la oración ustedes están abiertos a la voluntad de Dios, así, en todo lo que hacen, cumplen la voluntad de Dios en ustedes y a través de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! ”


"Es la más humilde de las tres virtudes teologales, porque permanece oculta", explica el Papa Francisco: "La esperanza es una virtud arriesgada, una virtud, como dice San Pablo, de una ardiente expectativa hacia la revelación del Hijo de Dios (Rom 8:19). No es una ilusión" (Homilía de Santa Marta, 29 de octubre de 2013). "Es una virtud que nunca decepciona: si esperas, nunca serás decepcionado", es una virtud concreta, "de cada día porque es un encuentro. Y cada vez que nos encontramos con Jesús en la Eucaristía, en la oración, en el Evangelio, en los pobres, en la vida comunitaria, cada vez que damos un paso más hacia este encuentro definitivo" (Homilía de Santa Marta, 23 de octubre de 2018). "La esperanza necesita paciencia", así como uno necesita tener paciencia para ver crecer el grano de mostaza. Es "paciencia para saber que sembramos, pero es Dios quien da el crecimiento" (Homilía de Santa Marta, 29 de octubre de 2019). La esperanza no es un optimismo pasivo sino, por el contrario, "es combativa, con la tenacidad de quienes van hacia un destino seguro" (Papa Francisco, Angelus, 6 de septiembre de 2015).

"...Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es « realmente » vida. Trataremos de concretar más esta idea en la última parte, fijando nuestra atención en algunos « lugares » de aprendizaje y ejercicio práctico de la esperanza."  (SPE SALVI, BENEDICTO XVI)

Esa es la diferencia entre la esperanza que viene de lo alto y la esperanza que simplemente es humana y con el tiempo se convierte en desesperanza. Esa es la esperanza de la Virgen María, Madre de Dios, ante el cadáver de Cristo, por la que creyó firmemente que su hijo muerto iba a resucitar. ¡Y resucitó al tercer día! 

 El Catecismo de la Iglesia Católica nos indica al respecto: La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa» (Hb 10,23). «El Espíritu Santo que él derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna» (Tt 3,6-7). (CIC 1817)

   La Lumen Gentium nos dice de María respecto a su participación en el misterio de la salvación: Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia. (LG 61)

      María también vivió los padecimientos de los discípulos de Jesús. Además de haber sido la persona en la cual comenzó a existir Jesús como hombre; la persona que más lo esperó como madre que espera el nacimiento de su hijo, ella participó de manera única e irrepetible en el Misterio pascual de Jesús.

   Partiendo de esa auténtica Fe, María tuvo que vivir la Esperanza; la verdadera Esperanza; directamente ligada e involucrada con el objeto de la esperanza, el mismo Jesucristo; ella esperó contra toda esperanza, sobre todo cuando las circunstancias le decían todo lo contrario; cuando se enfrentó a la muerte dolorosa del hijo de sus entrañas.

       Allí María tuvo la prueba mayor de su esperanza; participó del misterio de la muerte; del fracaso de Jesús que como todo hombre es dominado por la muerte; aceptó en su humilde fe ese sacrificio, y por su misma fidelidad a Dios y la pureza de su corazón, traspasado por la espada de dolor, practicó de la manera más heroica y sublime la esperanza de Dios, la esperanza en Dios. Él hace proezas con su brazo (Cf. Lc 1,51) himno litúrgico adjudicado a María en las comunidades cristianas que vivían gozosamente la resurrección del Señor Jesús.

       María la llena de gracia es la llena de esperanza. Una esperanza acrisolada por la acción del mal mismo en persona que ataca a su Hijo para destruirlo, que le muerde el talón para envenenarlo y matarlo; la esperanza más fuerte y heroica de toda la Iglesia; la esperanza de María, la madre del Señor. La esperanza de la humilde sierva del Señor, quien no se cree sino pequeña y quien no se apoya sino en Dios, la Anawin por excelencia. La pobre de Yahvé; la que espera de Dios para la vida, para todo lo que le acontece.

     La Esperanza de María es la Gran Esperanza de la Iglesia, que espera en silencio la maravillosa obra del Creador: la resurrección triunfante del Mesías. En medio de la noche brilla de nuevo la Luz, para no apagarse jamás; la Luz Eterna que se manifiesta para instalarse definitivamente en medio de la humanidad; puso su tienda entre nosotros.. y hemos visto su gloria.. (Cf. Jn 1,14)

   María, la que esperó el nacimiento del Esperado de los tiempos, espera ahora su gloriosa resurrección; la humillada por compartir la trágica e injusta muerte de su Hijo, espera desde esa herida de su corazón que le ha producido una muerte sicológica, afectiva, anímica; una espada te atravesará el alma, (Cf. Lc 2,35) Desde esa oscuridad, fruto de la acción del mal en su Hijo Jesús, María vive La Esperanza; la verdadera exacta y propia Esperanza; la que viene de Dios como el don preciso que corresponde al drama de la caída y de la redención, y que Jesús asume en su ser, como víctima, sacerdote y altar; y que María comparte por estar tan íntimamente relacionada a Él; ser su madre, y ser fiel oyente y cumplidora de la palabra de Dios, la mejor de todas. Pues María, que por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre. La Iglesia, a su vez, glorificando a Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad divina. (LG 65)

"Dios, Padre nuestro, Te damos gracias por hablarnos en estos tiempos a través de María, Tu humilde sierva. Con Ella Te pedimos que nos des la gracia de poder vivir la fe de nuestros padres y de dar testimonio de ella. Perdónanos porque muchas veces andamos en busca de signos y mensajes y al hacerlo, nos volvemos ciegos a las grandes maravillas de la vida diaria. Abre nuestros ojos a los milagros que Tú nos regalas diariamente. Abre nuestros oídos para que podamos escuchar los mensajes que Tú nos das cada día, a fin de que podamos triunfar sobre cualquier mentira y estemos abiertos y emprendamos el camino de la verdad y la salvación. Danos, oh Padre, Te lo pedimos con María, la gracia de trabajar incansablemente en nuestra propia conversión y perdónanos porque hemos hablado sólo con los labios cuando hablábamos de conversión. Danos una profunda y auténtica conversión del corazón. Libera nuestro corazón de todo lo que sea un obstáculo en este camino de conversión. A todos los que en este momento viven en pecado grave y encadenados a los malos hábitos y dependencias, Te pedimos que, por medio de Tu Espíritu Santo, les des la fortaleza para decidirse por Ti. Bendice a toda la juventud para que pueda permanecer en el camino de la verdad. Bendice a todos los padres y madres de familia para que sean capaces de transmitir a sus hijos la fe de sus padres. Bendice a todos nuestros enfermos y a todos los que sufren y danos la paz por Cristo, Nuestro Señor. Amén."  (Fray Slavko Barbaric, Medjugorje, Septiembre 26, 1998)







La Fe de María




 

La Fe de María


Mensaje, 11 de abril de 1985

“¡Queridos hijos! Hoy quiero pedirles a todos los de la parroquia que oren de manera especial al Espíritu Santo para que sean iluminados por El. A partir de hoy Dios quiere probar de un modo particular a esta parroquia para poder fortalecerla en la fe. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”



 María la Madre de Dios, se sorprendía y se admiraba de lo que realizaba su Hijo el Redentor. María, la Virgen de la fe, guardaba en su corazón todo aquello para hacerlo objeto de su atenta contemplación.


Tan cerca de Dios como ninguna otra criatura, con su alma sorprendentemente iluminada por la acción del Espíritu Santo y sin embargo, por causa de su vida de fe, también tenía que  descubrir la presencia del Verbo a través de los signos sensibles iluminados por la Fe que le concedió el don del Señor. La prueba de fe, lejos de doblegarla cual débil caña, hacía que sus raíces profundizaran en la confianza de la Providencia Divina. Su fe era una fe fuerte que irradiaba seguridad y la movía hacia Dios. La humildad erradica la soberbia y le sencillez desarma toda suficiencia y arrogancia, quitando los obstáculos para poder creer, confiarse y abandonarse plenamente en la Voluntad Divina. Una fe viva que ayudaba a los demás a realizar la peregrinación con los ojos fijos en la altura.


La experiencia de Dios en su existencia, era más que un sentimiento profundo, muchísimo más que aquella invasión de plenitud gozosa y de conocimiento íntimo con el que Dios se ha comunicado a sus grandes amigos. Era simplemente el amor de Dios Padre por su elegido. Era el amor de todo un Dios por su Madre… Y no obstante toda esta plenitud de luz y de claridad inalcanzables, ella se veía confiada a las exigencias que le imponía el desarrollo normal de su fe. Dios no niega sino que se dona generosamente mientras no encuentre el obstáculo de la arrogancia y la falta de pureza de intención.


Cualquiera que haya tenido un poco de contacto con los escritos de los místicos, o con los verdaderos hombres de Dios, habrá sentido, sin duda alguna, el impacto de ver la inquietud y muchas veces la agotadora lucha de estos hombres que aman y creen en el Señor, pero que a causa del desarrollo de su fe eran probados con la aridez espiritual como si Dios se hubiese ausentado de sus vidas. Son en verdad momentos de terrible martirio, horas y días en que las tinieblas de mil preguntas vienen a asediar esos espíritus fuertes y lanzar contra ellos toda clase de prepotentes ataques.


Por ejemplo, el aparente silencio de Dios, ante el rechazo y dolorosa comprobación de no poder encontrar un ambiente adecuado para que naciera el Salvador de los hombres, el Creador del universo entero. Era la prueba de la fe ; penas reales, sufrimientos que calaban hasta lo más íntimo de su corazón de madre amorosísima. Y se dice silencio de Dios, no porque Dios no hable al alma en esos momentos. Sí le habla. Pero no como quisiera el alma que Dios se comunicara con ella.


Sentía la experiencia de Dios que la arropaba fuerte, apretadamente, hasta la más sutil fibra de su ser ; pero también tenía conciencia de que aún no gozaba de la visión perfecta, ni del gozo completo que produce la posesión cumplida. Mientras tanto, Ella vivía generosa su vida de fe, ante el abandono, en la Providencia amorosa de Dios que se hacía presente en su vida en aquellos profundos silencios de misterio divino.


El consentimiento de la Virgen María a la invitación de Dios era fruto de la  fe y la caridad con que Dios inundaba el Corazón Inmaculada que responde ante el misterio y designio divino con el Fiat: la Virgen se donaba  para vivir secundando la obra de Dios, no obstante que para ello tuviera que pasar por todas las pruebas propias de una fe que supera, que exige y que hiere las fibras más delicadas del ser.


Nada es absurdo para el que cree. Nada es insuperable para el que ama. Y ella amaba y creía en su Dios y a El se abandonaba. Su actitud era la de siempre : contemplar y volver a contemplar, con una mirada luminosa, el paso silencioso de Dios en su veda. Era Dios mismo quién la hacía sufrir y precisamente por causa de su Hijo. Esa era la verdadera prueba de fe, el dolor que rompía su noble alma en mil pedazos. Y Ella volvía a repetir conscientemente su palabra preferida : Fiat.


"La fe significa confiarse a Dios, dejarse guiar por El, permitirle que nos hable y ser más sensibles a Su Palabra. Esta es la fe que todos necesitamos y especialmente cuando sufrimos. Si el corazón se abre a la fe, entonces, al mismo tiempo, se abre al amor...

Todos nosotros somos Iglesia, pero igualmente la jerarquía entera. Sabemos que en ciertos países y, de algún modo, en todas partes, la Iglesia está siendo atacada y criticada hoy a causa de errores y debilidades que han sido descubiertas en su interior y a las cuales se les da gran publicidad en la prensa. Así, la desconfianza entra en los corazones de los fieles y muchos abandonan la Iglesia, muchos otros ya no desean colaborar con los Sacerdotes, los Obispos y el Papa, aún cuando fueron bautizados como católicos y anteriormente practicaron su catolicismo. Esto no concierne a una crítica sino simplemente a un llamado para que, en esta Cuaresma, pensemos y tratemos todos esos problemas y que, haciéndolo así, podamos crecer en el amor a la Iglesia. Si tenemos éxito en ello también seremos capaces de amar a todas las personas que nos rodean...

Este es el amor, un amor maternal, que pude conmover nuestro corazón y que, (en estos 16 años y 8 meses,) ha ayudado a muchos, muchísimos peregrinos a abrirse a Dios y a recorrer un nuevo camino. La bendición de María, siendo una bendición maternal, seguramente nos acompañará y esto, especialmente en este tiempo de Cuaresma. Creo, una vez más, que es importante recalcar aquí que la oración y el ayuno no son un fin en sí mismos, sino más bien el camino o los medios para abrir el corazón a los dones de la fe y el amor que nos son dados por Dios a través de María y que dan sus frutos en nuestro amor a la Iglesia y a toda la gente que nos rodea. Por tanto, es mucho muy importante que durante este tiempo de gracia vivamos realmente de tal modo que nuestros corazones puedan cambiar..."  (Fray Slavko Barbaric,  Medjugorje, Febrero 27 de 1998)



Madre nuestra, regálanos tu mirada maternal para fortalecernos en la fidelidad a la Fe, para contenernos ante los ataques externos, y alcanza para nosotros la templanza, imitando a San José, ante las tentaciones internas que padezca cualquier bautizado, engañado por salidas fáciles, ideologías, herejías y criterios mundanos que se alejen del Evangelio, la moral y los principios que se desprenden de la Revelación Divina, la Tradición y el Magisterio, y que son regalos del Espíritu Santo para la Iglesia.

  Reina de la Paz, gracias por tus Mensajes y la Escuela de Santidad y Amor Materno que nos ayuda a ser fieles a Cristo con un verdadero anhelo de Santidad. Gracias Gospa.


Atentamente Padre Patricio Romero






(Unirse a Gospa Chile)



La Humildad de María



ORACIÓN INICIAL



La Humildad de María


  La Virgen fue la primera oyente de la palabra de Dios. En Ella, como en Abrahán, Moisés, los Profetas… sucedió algo desconcertante: Dios le dirige la Palabra, se revela y pronuncio su dulce nombre: María la llena de Gracia. Como recientemente en la “Lumen Fidei”, nos ha comunicado el Papa Francisco: La fe está vinculada a la escucha… de este modo la fe adquiere un carácter personal en la vida de la Virgen. En la anunciación “Dios no se manifiesta como el Dios de un lugar, ni tampoco aparece vinculado a un tiempo sagrado determinado, sino como el Dios de una persona, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, capaz de entrar en contacto con el hombre y establecer una alianza con él. La fe es la respuesta a una Palabra que interpela personalmente, a un Tú que nos llama por nuestro nombre (Cf. LF 8). Como muy bien sabemos María responde a la llamada de Dios con un SI, un sí que es abrirse a una vida nueva, aun futuro marcado por el Dios de la esperanza que hace posible lo que humanamente a nosotros nos parece imposible. La familia han de estar siempre abiertas a la acción del Espíritu Santo acogiendo como María la Palabra de vida que Dios nos comunica, para ello hemos de recuperar en nuestros hogares un verdadero clima de oración y meditación asidua, un clima de autentica piedad mariana.

            “La fe “ve” se hace luz en la medida en que camina, en que se adentra en el espacio abierto por la Palabra de Dios” (LF 9). Queridos hermanos necesitamos urgentemente adentrarnos en el misterio de Cristo, dejarnos seducir por sus palabras, dejarnos sorprender por Dios como se dejo sorprender María la Virgen de la Escucha, la Virgen dócil a la dulce voz del Espíritu, necesitamos que en definitiva el evangelio resplandezca con  toda su fuerza en nuestras vidas y que su luz guie nuestros pasos.

Dice San Agustín:  "Después de lo que se le dijo a Adán, a lo cual se sustrajo el Hijo de María, se debe también considerar lo que se le dijo a Eva; si es general para todas las mujeres o si en algo se sustrae María, pues está escrito dijo también Dios a la mujer: multiplicaré tus tribulaciones y tus preñeces; parirás los hijos con dolor y estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará."

"María, cuya alma fue traspasada por una espada de dolor, soportó la tribulación, pero no multiplicó sus preñeces, ni vivió bajo varón, es decir, bajo la potestad del marido, la que engendró a Cristo del Espíritu Santo con las entrañas intactas y permaneció virgen, quedando intacta la integridad de la virginidad. Como le engendró sin la inmundicia del pecado y sin el detrimento viril de la unión, engendró sin dolor y sin quedar violada su integridad, permaneció íntegra en el pudor de la virginidad. Pudo hacer esto de una madre, porque Dios eligió nacer así del hombre. Así pues, María comparte las tribulaciones de Eva, pero no comparte el parir con dolor, pues mereció de El esta singular santidad, gracia por cuya aceptación es extraordinariamente estimada digna de Dios. No escapa inmerecidamente, en virtud de un aprecio verdadero, a algunas de las cosas que dijo a Eva la que guarda tanta gracia y realza la prerrogativa de la dignidad. Cuánto puede el poder de Cristo, muestra la universalidad del mundo; cuánto la gracia, muestra la integridad de María, la cual es contraria a la naturaleza y, por tanto, a lo usual. Así pues, ¿qué sucederá si entre tanta diversidad decimos que ésta, de la cual Dios quiso nacer y compartir la sustancia de la carne, estuvo sometida a la muerte de la suerte humana y sin embargo no la retuvieron sus cadenas? ¿Acaso será impío decirlo? Pues sabemos que Jesús, que dice de sí mismo me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, lo puede todo." (Tratado Asunción)

Cristo nos exhorta: “Todo el que se ensalce será humillado y quien se humilla será exaltado.” Jesús nos enseña la importancia de la humildad y sencillez en nuestro camino cristiano. En este sentido, tenemos mucho que aprender de la Santísima Virgen María, que se humilló a sí misma. Su humildad fue tan notable y noble que Dios la exaltó para ser la madre de su hijo Jesucristo.

María testifica esto a través de su magníficat: “Mi alma glorifica al Señor…porque ha mirado la humillación de su esclava…Él hace proeza con su brazo…derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”(Lc 1:47. 59). Por lo tanto, no es necesario preguntarse por qué Cristo era humilde. Ya tenía padres humildes y aprendió humildad de ellos. Así que, debemos imitar la humildad de Cristo y María para ser como ellos.

No hay nada que perder por ser humilde. Proverbio nos dice que: “La humildad y el temor del Señor trae riquezas, honor y vida” (Prov 22:4). Por el contrario, el orgullo resulta en derrota y vergüenza. Cualquier vida espiritual que no se basa en humildad definitivamente será una vida vacía. Esto es porque, tal cristiano sólo funcionará por sí mismo y sin respeto por las opiniones de los demás.


Mensaje, 25 de abril de 2004

“¡Queridos hijos! También hoy los invito a vivir aún más fuertemente mis mensajes en humildad y amor a fin de que el Espíritu Santo los llene de su gracia y de su fuerza. Solamente así serán testigos de la paz y del perdón. ¡Gracias por haber respondido  a mi llamado!


"Solamente en humildad y amor podemos conocer a Dios y reconocer los mensajes de la Virgen como mensajes del Evangelio, mensajes del Reino de Dios que desea comenzar a vivir en nosotros y a través de nosotros en este mundo. Dios en Jesús se humilló y descendió hacia nosotros a fin de que nosotros pudiéramos comprenderlo y escucharlo. Jesús en la última cena lava los pies a sus discípulos. El, Dios, se inclina para limpiar los pies de sus discípulos. Lavar los pies a alguien es tarea de un sirviente o de un esclavo. Para lavar los pies de alguien, hay que inclinarse o arrodillarse ante alguien. Hay que inclinarse para llegar al pie de alguien. Precisamente es eso lo que hace Jesús. El se arrodilla ante los discípulos y los mira desde abajo hacia arriba, como un niño pequeño que mira a los adultos, desde abajo hacia arriba porque es pequeño, como si les quisiera preguntar: ¿Me aceptas? Dios le habla al hombre desde abajo hacia arriba, su palabra resuena con humildad. Y el hombre espera que la Palabra de Dios venga en sentido contrario - ¡es por eso que no puede escuchar a Dios!

También la Virgen nos habla aquí, podríamos decir, desde abajo hacia arriba. Habla con palabras de niña que todos pueden entender y nos pregunta: ¿Quieres aceptarme, quieres escucharme a fin de que la vida por medio del Espíritu Santo pueda florecer en ti y te conviertas en testigo de lo que más necesitamos, es decir, de la paz y del perdón? Escuchemos a María que nos habla y seremos felices ya aquí en la tierra." (Fray Ljubo Kurtovic, Medjugorje, 26.04.2004)

La Iglesia nos enseña que: “La humildad es la fundación de oración.” (CIC 2559). Sólo un corazón humilde puede venir y postrar delante de Dios en oración. Una persona humilde siempre está dispuesta a pedir dirección a Dios y a los demás. También, está lista para escuchar y aprender de los demás. Se necesita humildad para decir: “por favor” y para pedir perdón.


Padre Patricio Romero



ORACIÓN FINAL



















Virtud de la templanza en María




Virtud de la templanza en María




Mensaje, 2 de junio de 2017

“Queridos hijos, como en otros lugares donde he venido, también aquí os llamo a la oración. Orad por aquellos que no conocen a mi Hijo, por aquellos que no han conocido el amor de Dios; contra el pecado; por los consagrados: por aquellos que mi Hijo ha llamado a tener amor y espíritu de fortaleza para vosotros y para la Iglesia. Orad a mi Hijo, y el amor que experimentáis por Su cercanía, os dará fuerza y os dispondrá para las obras de amor que vosotros haréis en su Nombre. Hijos míos, estad preparados: ¡este tiempo es un momento crucial! Por eso yo os llamo nuevamente a la fe y a la esperanza. Os muestro el camino a seguir: el de las palabras del Evangelio. Apóstoles de mi amor, el mundo tiene mucha necesidad de vuestras manos alzadas al Cielo, hacia mi Hijo y hacia el Padre Celestial. Es necesaria mucha humildad y pureza de corazón. Confiad en mi Hijo y sabed vosotros que siempre podéis ser mejores. Mi Corazón materno desea que vosotros, apóstoles de mi amor, seáis pequeñas luces del mundo; que iluminen allí donde las tinieblas desean reinar: que con vuestra oración y amor mostréis el camino correcto, y salvéis almas. Yo estoy con vosotros. ¡Os doy las gracias!”




Es una virtud cardinal, que consiste en moderar los apetitos de los sentidos, sujetándolos a la razón. Esta, implica un sin número de virtudes como son: la castidad, la sobriedad, la humildad y la mansedumbre, lo cual nos lleva a imitar a Jesús. Esta virtud, nos hace personas libres y felices, a poseer la mansedumbre que ayuda a vencer la ira y a soportar molestias con serenidad, el conocimiento de las propias debilidades, el hacer sacrificios y mortificaciones por Dios y los demás, y poseer carácter reflexivo que le invita a pensar antes de dejarse llevar por sus emociones, deseos o pasiones . La persona que pose esta virtud, refleja paz hacia los demás. La templanza es un fruto y atributo esencial en el crecimiento espiritual (Prov. 16:32).

La templanza es una de las virtudes más importantes y necesarias en la vida del cristiano. La razón es porque ha de moderar, conteniéndolos dentro de los límites de la razón y de la fe, dos de los instintos más fuertes y vehementes de la naturaleza humana, que facilísimamente se extraviarían sin una virtud moderativa de los mismos. La divina Providencia, como es sabido, ha querido unir un deleite o placer a aquellas operaciones naturales que son necesarias para la conservación del individuo o de la especie, donde la virtud de la templanza regula el deleite de moto que sea solo en cuanto facilite la busqueda del fin, y no abadone la condición de medio, e instrumento, de manera que en la obstención del bien sea constituido el mismo en la causa de la satisfacción y no el instrumento del placer.

Esta es la razón de la necesidad de una virtud infusa moderativa de esos apetitos naturales y de la singular importancia de esta virtud en la vida cristiana o simplemente humana.

Tal es el papel de la templanza infusa. Ella es la que nos hace usar del placer para un fin honesto y sobrenatural, en la forma señalada por Dios a cada uno según su estado y condición. Y como el placer es de suyo seductor y nos arrastra fácilmente más allá de los justos límites, la templanza infusa inclina a la mortificación incluso de muchas cosas lícitas para mantenernos alejados del pecado y tener perfectamente controlada y sometida la vida pasional.

La templanza natural o adquirida se rige únicamente por las luces de la razón natural, y contiene al apetito concupiscible dentro de sus límites racionales o humanos; la templanza sobrenatural o infusa va mucho más lejos, puesto que a las de la simple razón natural añade las luces de la fe, que tiene exigencias más finas y delicadas.

Pero en María no existía ni desorden  ni disonancia; no habiendo en Ella huella de iniquidad ni heridas de pecado, en virtud de la Maternidad  para la que fue llamada por la Divina Providencia, desde su concepción inmaculada, solo podía crecer en adhesión, conocimiento y colaboración      amorosa con el plan del Divino Redentor. porque sin remurmurar los apetitos y sin adelantarse a la razón, Ella dejaban obrar a todas las virtudes con tanta armonía y concierto que, se fortalecía la unión de su Materno Corazón al Corazón de su Divino Hijo y Señor. Como no había desmanes de los apetitos que reprimir, de tal manera ejercitaba las operaciones de la templanza, que no pudo caer en su mente especies ni memoria de movimiento desordenado; antes bien imitando a las Divinas perfecciones eran sus operaciones como originadas y deducidas de aquel supremo ejemplo, y se dirigían a Él,  como a única regla de su perfección y como fin último de toda su existencia.

 La abstinencia y sobriedad de María Santísima fue admiración de los Ángeles; porque siendo Reina de todo lo criado y padeciendo las naturales pasiones de hambre y sed, no apeteció jamás los manjares que a su poder y grandeza pudieran corresponder, ni usaba de la comida por el gusto mas por sola necesidad; y ésta satisfacía con tal templanza, que ni excedía ni pudo exceder sobre lo ajustado para el sustento de la vida; y que por unión profunda al desinio eterno del sacrificio redentor y  al padecimiento de los justos y desamparados, por su condición de Esclava del Señor y Madre de la Iglesia, abrazaba el sacrificio cotidiano, el padecer por Cristo,  el dolor del hambre y la sed, y dejando que la moción de la gracia diera lo necesario para que no recibiera daño o alteración para el ejercicio de su deber maternal.
 De la Pureza Virginal y Pudor de la Virgen de las vírgenes no pueden hablar dignamente los supremos Serafines; pues en esta virtud, que en ellos es natural, fueron inferiores a su Reina y Señora; pues con el privilegio de la gracia y poder del Altísimo estuvo María Santísima más libre de la inmunidad del vicio contrario que los mismos Ángeles, a quienes por su naturaleza no puede tocarles. 
De su clemencia y mansedumbre dijo Salomón que la ley de la clemencia estaba en su lengua (Prov., 31, 26); porque nunca se movió que no fuese para distribuir la gracia que en sus labios estaba derramaba (Sal., 44, 3). La mansedumbre gobierna la ira y la clemencia modera el castigo. No tuvo ira que moderar nuestra dulce Madre y Reina.
Todas sus reprensiones fueron más rogando, amonestando y enseñando, que castigando; y esto pidió ella al Señor, y su Providencia lo dispuso así, para que en esta sobreexcelsa Reina estuviese la ley de la clemencia (Prov., 31, 26) como en original y en depósito, de quien Su Majestad se sirviese, y los mortales deprendiesen esta virtud con las demás.
 Y en las otras virtudes que contiene la modestia, especialmente en la humildad, y en la austeridad o pobreza de María Santísima, para decir algo dignamente serían necesarios muchos libros y lenguas de Ángeles. 
  Madre del mismo Dios, se humilló al más inferior lugar de todo lo criado. Y la que gozando de la mayor excelencia de todas las obras de Dios en pura criatura, no le quedaba otra superior en ellas a que levantarse, se humilló juzgándose por no digna de la menor estimación, ni excelencia, ni honra que se le pudiera dar a la mínima de todas las criaturas racionales.
Lo admirable es que se humille más que todas juntas las criaturas aquella que, debiéndosele toda la majestad y excelencia, no la apeteció ni buscó; pero estando en forma de digna Madre de Dios, se aniquiló en su estimación, mereciendo con esta humildad ser levantada como de justicia al dominio y señorío de todo lo criado. (María de Agreda)




"Dios, Padre nuestro, en nombre de Tu Hijo Jesús, junto con María, Tu humilde sierva, la Reina de la Paz, queremos darte gracias por el amor que nos tienes. Queremos, sin embargo, pedirte ahora que el Espíritu Santo ilumine nuestro corazón, a fin de que podamos responder al llamado de María Santísima a la oración y que, en la oración, podamos abrirnos a Ti. Danos la gracia de poder reconocer de manera especial Tu amor por nosotros a través de las apariciones de María. Que a lo largo de toda nuestra vida podamos responder a Tu amor por nosotros. También Te pedimos por nuestras familias, llena los corazones de todas las madres y de todos los padres de familia, así como los de sus hijos, para que puedan renovar la oración y reconozcan Tu amor por ellos en la Sagrada Escritura. Que, como familias, puedan responder también al amor que Tú les tienes. Haz que entendamos Tu palabra y Tu amor y que ésta llegue a ser para nosotros la luz y la verdad. Danos a todos un nuevo corazón que sea semejante al corazón de María, para que también nosotros guardemos y reflexionemos activamente en Tu palabras. Te pedimos por todos los que sufren en este momento y que por ese motivo, pudiera dudar de Tu amor. Haz que el Espíritu Santo los ilumine y los conduzca a Ti, nuestro Padre bueno. En nombre de Tu Hijo Jesús y por intercesión de María Reina de la Paz, llévanos a todos al camino de la salvación, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén."     (Fray Slavko Barbaric, Medjugorje, Enero 29, 1999)





Virtud de la fortaleza en María





Virtud de la fortaleza en María




Mensaje, 25 de junio de 1999

“¡Queridos hijos! Hoy les agradezco porque viven y testimonian con su vida mis mensajes. Hijitos, sean fuertes y oren para que la oración les de fuerza y gozo. Sólo así cada uno de ustedes será mío y yo lo guiaré por el camino de la salvación. Hijitos, oren y testimonien con su vida mi presencia aquí. Que cada día sea para ustedes un testimonio gozoso del amor de Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! ”



"La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal 118, 14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33)." (CEC 1808)

 Las virtudes morales infundidas por Dios son necesarias para obtener la plenitud de la felicidad en la bienaventuranza. Por esto éstas difieren no simplemente en el grado de perfección sino sobre todo por la especie, de las virtudes morales adquiridas. La diferencia respecto al tipo de virtud (specie) deriva del tipo distinto de bienes a los cuales estas virtudes están ordenadas.  

Las virtudes morales infusas confieren a nuestros actos proporcionalidad con nuestra condición de hijos de Dios, y con nuestro fin sobrenatural, concediendo la capacidad de responder heroicamente a las exigencias de la llamada a la santidad. Esta diferencia entre los bienes humanos y el Sumo Bien, como fin y motivación de las virtudes humanas y sobrenaturales, establece gran diferencia en la conducta. 

La fortaleza, como todas las virtudes, está ordenada a la humanización de los apetitos sensitivos, es decir, a volver los apetitos con-formes con el bien racional. El valor, en particular, nos impide ser abatidos irracionalmente por las dificultades.  

En la perspectiva cristiana, la virtud de la fortaleza se dirige, principalmente, al «temor a las cosas difíciles, capaces de retraer a la voluntad de seguir a la razón». El cristiano, dice san Agustín, «ama a Dios con un corazón indiviso, al que ningún mal puede hacer vacilar».

La persona fuerte, como ocurre con toda verdadera práctica de la virtud moral, debe contar con la verdadera prudencia, a fin de comprender el desarrollo propio de la acción valerosa. Puesto que la prudencia cristiana actúa en todas las virtudes que rigen la conducta, la fortaleza no imita la audacia del soldado.  

La virtud de la fortaleza domina nuestros miedos,  en cuanto frena el impulso a abandonar las acciones dirigidas a la búsqueda del bien frente a los obstáculos. 

Escribe santo Tomás: «La fortaleza sirve para comportarse bien en todas las adversidades. Pero un hombre no es calificado de fuerte, en sentido absoluto, porque soporta cualquier adversidad, sino sólo porque soporta los males más graves»

La virtud de la fortaleza se especifica por sus actos, de los cuales el más grande es el de saber resistir, siendo el sufrir por causa de la fe en Cristo el testimonio más grande de fortaleza que tiene su culmen en el martirio.

«…el dolor de la Virgen fue el más extenso, porque abrazó toda su vida; el más profundo, porque procedía del más profundo de todos los amores: el amor hacia su Hijo, que era a la vez su Dios, y el más amargo porque no hay tormento ni amargura que se pueda comparar al martirio que sufrió María al pie de la cruz»[9].

Toda la vida de la B.V. María se vio caracterizada por este testimonio de fe, la huida a Egipto, la escucha de los que atentaban contra Jesús mientras el desarrollaba su ministerio público, hasta el contemplarlo al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25) “Mientras los discípulos huyeron ella se mantenía firme delante de la cruz, con ojos llenos de afecto contemplaba las heridas del Hijo, pues buscaba no la muerte del Hijo, sino la salvación del mundo…”


"Dios, Padre nuestro, ...deseamos agradecerte muy conscientemente por Tu amor y por enviarnos a María que nos acompaña diariamente y que desea llevarnos por el camino de la salvación. Te damos gracias, querido Padre, por Tu amor infinito y porque en vez de rechazarnos por nuestros pecados nos has acercado más a Tu Corazón. Con María y en nombre de Tu Hijo, Jesucristo, Te pedimos, oh Padre, que nos des Tu Espíritu de fortaleza a fin de que, con Tu gracia, podamos luchar contra todo pecado y los malos hábitos. Que salgamos triunfantes, que incansablemente luchemos contra todo lo que es negativo e incansablemente nos empeñemos por todo lo bueno que, nos rodea. Danos la fortaleza de Tu Espíritu para ser capaces de dar testimonio de Tu amor ante cualquier situación. Padre, Te damos gracias por todas esas personas que, por la fe y la confianza en Ti, han emprendido el camino de la paz. Te damos gracias por todos aquellos que han recibido de Ti el gozo y la fortaleza en el Sacramento de la Reconciliación y en la Eucaristía, convirtiéndose por tanto en testigos de Tu amor. Líbralos de cualquier tentación y hazlos descubrir que Tú puedes transformarlo todo para bien..."  (Fray Slavko, Medjugorje, Junio 28, 1999)



Atentamente Padre Patricio Romero








 

Virtud de la justicia en María

 



Virtud de la justicia en María



Mensaje, 25 de marzo de 1998


“¡Queridos hijos! También hoy los llamo al ayuno y a la renuncia. Hijitos, renuncien a lo que les impide estar cerca de Jesús. De manera especial los llamo: Oren, ya que únicamente con la oración podrán vencer vuestra voluntad y descubrir la voluntad de Dios aun en las cosas más pequeñas. Con vuestra vida cotidiana, hijitos, ustedes llegarán a ser ejemplo y testimoniarán si viven para Jesús o en contra de El y de Su voluntad. Hijitos, deseo que lleguen a ser apóstoles del amor. Amando, hijitos, se reconocerá que son míos. Gracias por haber respondido a mi llamado!”



 Según la definición ordinaria dada por santo Tomás de Aquino,  es la justicia "la voluntad firme y constante de dar a cada cual lo suyo". Dar a cada uno lo suyo y darle lo justo es lo mismo. El ámbito del derecho y el de la justicia se identifican S3. Por "derecho" entiende santo Tomás lo debido estrictamente dentro de los términos de la igualdad, y de la igualdad proporcional 54. "Dar a cada uno lo suyo" no significa dar a todos lo mismo. La igualdad debe ser proporcional, esto es, correspondiente a la dignidad y derechos de cada uno. Sólo cuando todos son iguales tienen derecho a lo mismo, pues si hay diferencia, la medida de los derechos respectivos es también diferente. En la vida moral se corresponden poderes y deberes, talentos y responsabilidades, derechos y obligaciones. La diversidad de dones y deberes, de derechos y obligaciones correspondientes la expresó san Pablo en la viviente imagen del cuerpo humano, dotado de diversos miembros y funciones.

El concepto de justicia en su sentido estricto se realiza con toda claridad donde se exige la perfecta igualdad; es el caso exclusivo de la justicia conmutativa, en la que se exige un valor exactamente correspondiente entre lo que se da y se recibe.

Lo que es común a toda justicia tomada estrictamente es el regular no tanto la armonía de los corazones — ese oficio le corresponde al amor —, cuanto la armonía de los actos exteriores, o sea el orden de las cosas y de los bienes. Pero la justicia en sentido bíblico, que vive del amor gratuito de Dios, se mide siempre por el patrón del amor y da siempre más de lo que es estrictamente debido. Ella es amor.


La perfección evangélica supone el cumplimiento cabal de la justicia, pero la desborda.

1.° El cristiano debe cumplir con lo exigido por la justicia con espíritu de caridad; lo que no quiere decir que haya de figurarse cumplir con un acto de caridad especial por cumplir amorosamente con una obligación de justicia.

2.° La caridad no se preocupa por saber cuáles son los límites estrictos a que obliga el derecho ajeno, sino que mira sólo a la necesidad del prójimo.

Presta incluso su ayuda a quien perdió el derecho a ella, a ejemplo de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos, y que nos ofrece los dones de su gracia aun cuando por nuestras culpas los henos malbaratado.

3.° La caridad está siempre pronta a renunciar a sus propios derechos en provecho del prójimo, suponiendo que se trate de derechos a los que se puede renunciar sin daño del prójimo o de la propia alma (Cf. sermón de la montaña, Mat 5, 38-42).

El intento de subordinar la virtud (le la religión a la virtud cardinal de la justicia es legítimo cuando por esta virtud no se entiende única y principalmente la justicia humana entre los hombres ni la regulación de los simples bienes materiales. Es contrario al pensamiento bíblico considerar la religión como un simple apéndice o prolongación de la justicia. que regula las relaciones de los hombres entre sí.

En la revelación, la idea de la justicia es más bien la de la justicia de Dios que se muestra, ya en sus sentencias de condenación, ya en su indulgencia. La obra más maravillosa de la justicia divina es la justificación del pecador. Ya los profetas proclaman que por su justicia, Dios salva y redime. La revelación más tremenda y feliz de la justicia divina es la muerte redentora de Cristo en la cruz, la cual funda la esperanza del injusto, del pecador, en la justicia salvadora de Dios.

Bíblicamente hablando, en primera línea hay que colocar la santidad y la justicia de Dios, luego la justicia comunicada al hombre por Dios (la cual constituye un don y un deber), y finalmente el cumplimiento del amor a Dios debido por mil títulos de justicia. Sólo entonces viene la justicia entre los hombres, que, bíblicamente, es tal cuando se cumple por consideración a Dios, es decir, por el amor y la obediencia a Dios debida.

El culto rendido a Dios realiza la idea de justicia, no menos que la justicia entre los hombres, pues si la religión no es un contrato entre iguales, ni establece una estricta igualdad entre lo que se da y se recibe, es, sin embargo, el don y deber más primordial de la " justicia". En este sentido dice Jesús al Bautista: "Conviene que cumplamos toda justicia" (Mt 3, 15).

La justicia de Dios es justicia que se desborda, que derrama beneficios, que se comunica y que justifica cuando al lado de la verdadera culpabilidad descubre aún una brizna de buena voluntad. Así es precisamente la justicia divina, que reparte inmerecidos beneficios a sus más necesitadas criaturas, aun cuando no les asista ni el más mínimo derecho.

Y, sin embargo, la balanza de la justicia se mantiene en equilibrio, gracias a los méritos sobreabundantes de Cristo. La manifestación de esta divina justicia es la divina actuación del más incomprensible amor.

La reverencia y adoración que a Dios pueda ofrecer la criatura, hija suya, es un estricto deber de justicia. Pero el hombre debe convencerse de que nunca llegará a la medida deseable, o sea a tributarle tanto honor cuanto Él merece, a glorificarlo con una gloria tan aquilatada como la que Él concedió al hombre y le concederá aún.

Debe, pues, el cristiano guardarse de aplicar a Dios y a sus relaciones con Él el mismo concepto de justicia humana, como si fuera unívoco en ambos casos; más bien debe fundir la rigidez de la justicia humana para modelarla a imagen de la divina. Jamás debe reclamarle a Dios ningún derecho, pero tampoco ha de temer que Dios se muestre injusto para con sus buenas obras y sus méritos. Se contentará con saber que, ante Dios, tiene una deuda de gratitud que nunca llega a saldarse, con lo cual mostrará mayor fervor en el agradecimiento, en el amor, en el culto. En este sentido no hay para el cristiano "obras de supererogación". Cuanto más amamos y honramos a Dios, tanto menos hemos de creer que hemos pagado ya parte de nuestra deuda, pues a medida que adelantamos contraemos mayores deudas de amor para con Él. Al límite opuesto consideremos el pecado, la repulsa de la adoración, de la obediencia, del amor a Dios: esto sí que realiza en sentido pleno el concepto de la injusticia; e injusticia tal, que ante ella todas las injusticias con los hombres no son más que sombra, la negra sombra que se proyecta sobre el mundo de la injusticia para con Dios.

La justicia se fundamenta sobre la práctica del bien y la evasión del mal, en la B.V. María por el testimonio que nos dan los Evangelios y la Tradición de la Iglesia sabemos que no hubo huella de pecado por lo que el mal no es concebible en ella, y siempre estuvo a disposición de la voluntad divina, por ende, procurando el bien.

En las virtudes conexas a la justicia podemos ver el testimonio de María, por ejemplo en razón de la virtud de la religión escuchamos por san Lucas «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), la vemos orante en el evangelio de Juan intercediendo en las bodas de Caná, sabemos que ofreció en el Templo dos tórtolas como prescribía la Ley para su purificación así como presenta al niño Jesús a los 12 años de edad, invocaba el nombre de Dios y estaba agradecida con Él como lo transparenta el Magnificat, y su piedad filial se manifiesta en su relación con san José, cuando encuentra al niño le dice «Tu padre y yo te buscábamos» (Lc 2, 48) anteponiendo a su esposo a sí misma.

La Virgen María entregó su vida a Dios con aquellas palabras: "He aquí la esclava del Señor" Este fue un ideal, esa fue su vida. Una vida llena de rectitud, de justicia y de santidad.

La justicia con el prójimo es darle lo que le corresponde a cada uno; no defraudar a nada en cosa alguna.

La Santísima Virgen era recta con todos los que la rodeaban; se colocaba en el puesto que le correspondía y respetaba el de los demás. Ella,la Madre de Dios, debía obedecer a su esposo, y en Jesús como Madre solícita y tierna, vivió sólo para Él. También, respetó y ayudó en sus dificultades a sus parientes y conocidos.

la justicia con nosotros: nos debemos amor, respeto y aceptación, pues a veces no nos amamos a nosotros mismos; de igual manera, debemos cuidar nuestra salud física y nuestra salud espiritual.

La Santísima Virgen se amó con el verdadero amor con el que dirigía a Dios todos sus actos y hacía que todo contribuyera a mejor amarle y mejor servirle. Por eso, siempre que procuremos algún bien material y espiritual para nosotros mismos, estamos amándonos y cumpliendo con la justicia. Es una gran injusticia despreciar los dones y las gracias que Dios da a cada uno, el procurarnos el mal el crecer en la vida plena de hombre y mujeres ya que estamos llamados por Dios.

La Santísima Virgen es modelo de plenitud y perfección de vida Ella nos puede guiar por el camino de la justicia y la santidad cada día


"Dios, Padre nuestro, Te damos gracias por ser nuestro Padre bueno y en nombre de Tu Hijo Jesús y de María queremos pedirte que nos concedas el espíritu de oración para que podamos encontrarte en la oración y para que encontremos en nuestros corazones Tu Corazón Paternal. Líbranos, oh Padre de todo aquello que dificulta nuestro encuentro. Eres el Padre buenos que no nos olvida y no puede olvidarnos. Por eso, junto con María y en nombre de Tu Hijo Jesús, te agradecemos por todas las gracias que nos has dado aquí a través de Tu humilde sierva María. Abre nuestros ojos, para que podamos reconocer Tu obra aquí en Medjugorje y así estar agradecidos. Perdónanos, oh Padre si nos hemos convertido en ciegos en nuestras vidas, en esta Parroquia y en el mundo entero. Líbranos de esta ceguera, para que podamos ser alegres testigos de Tu inmenso amor por nosotros cada día. Danos la gracia de poder mantener vivo este lugar de oración, creado por María, y especialmente Te pedimos que limpies nuestros corazones para que puedan convertirse en un solo corazón con el corazón de Jesús y María, y así todos tengamos corazones de amor y paz."   

(Fray Slavko Barbaric, Medjugorje, 27 de julio, 1999)



Atentamente Padre Patricio Romero






Virtud de la prudencia en María

 




Virtud de la prudencia en María



Mensaje, 25 de julio de 1999

“¡Queridos hijos! Hoy también me regocijo con ustedes y a todos los invito a la oración de corazón. Hijitos, los invito a que todos agradezcamos a Dios aquí conmigo por las gracias que les da a través de mí. Deseo que comprendan que aquí quiero crear no sólo un lugar de oración sino también de encuentro de corazones. Deseo que mi corazón, el de Jesús y vuestro corazón se fundan en un corazón de amor y de paz. Por tanto, hijitos, oren y alégrense por todo lo que Dios hace aquí, a pesar de que Satanás provoca pleitos e intranquilidad. Yo estoy con ustedes y los conduzco a todos por el camino del amor. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! ”




La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas.

Hay virtudes naturales, o sean hábitos buenos, adquiridos por la frecuente repetición de actos que hacen más fácil la práctica del bien honesto. El hombre puede adquirir esos hábitos con sus solas fuerzas naturales,  son muy diferentes a las disposiciones innatas y dintistas de las virtudes infusas, que solo puede poseer el hombre por divina y gratuita infusión.

Las virtudes infusas son aquellas teologales y morales que nos da Dios con la gracia santificante, a diferencia de las naturales o adquiridas, que pueden desarrollarse en cualquier tipo de persona, que se levantan únicamente con la obra de Dios, no por repetición de actos, como sucede con las virtudes adquiridas sino por impulso sobrenatural, en la medida que el fiel no pone el obstáculo de iniquidad o tibieza.

Las virtudes infusas se inspiran y regulan por las luces de la fe -totalmente ignoradas por la simple razón natural-, sobre las consecuencias del pecado original y de nuestros pecados personales, sobre la elevación infinita de nuestro fin sobrenatural, sobre la necesidad de amar a Dios, autor de la gracia, más que a nosotros mismos, y sobre las exigencias de la imitación de Jesucristo, que nos lleva a la abnegación y renuncia total de nosotros mismos.

La prudencia es una gran virtud que tiene por objeto dictarnos lo que tenemos que hacer en cada caso particular. Como virtud natural o adquirida fue definida por Aristóteles la recta razón en el obrar. Como virtud sobrenatural o infusa puede definirse: Una virtud especial infundida por Dios en el entendimiento práctico para el recto gobierno de nuestras acciones particulares en orden al fin sobrenatural.

Es la más importante de todas las virtudes morales, después de la virtud de la religión. Su influencia se extiende a todas las demás, señalándoles el justo medio en que consisten todas ellas, para que no se desvíen hacia sus extremos desordenados. Incluso las virtudes teologales necesitan el control de la prudencia, no porque consistan en el medio—como las morales—, sino por razón del sujeto y del modo de su ejercicio, esto es, a su debido tiempo y teniendo en cuenta todas las circunstancias, ya que sería imprudente ilusión vacar todo el día en el ejercicio de las virtudes teologales, descuidando el cumplimiento de los deberes del propio estado. Por eso se llama a la prudencia auriga de las virtudes, porque las dirige y gobierna todas.

Contemplemos las virtudes cardinales en Nuestra Madre Santísima: 

“María fue la Virgen prudentísima: prudentísima respecto al fin que se propuso, que fue el agradar siempre y en todo a Dios, sirviéndole y amándole con toda la capacidad de que era capaz su corazón; prudentísima en los medios por Ella empleados, que fueron escogidos con madurez, circunspección y consejo” [Antonio Royo Marín]

La prudencia, dicen algunos, es hacer la cosa justa en el momento justo y en el mejor modo posible, y también se dice que ella se prueba en el silencio y en el hablar y de esto es modelo María santísima por ej. ante la profecía de Simeón calla y medita en su corazón; pero en el anuncio del Ángel, al saludo de santa Isabel o durante las bodas de Caná sabe hablar.


"Dios, Padre nuestro, Te damos gracias por ser nuestro Padre bueno y en nombre de Tu Hijo Jesús y de María queremos pedirte que nos concedas el espíritu de oración para que podamos encontrarte en la oración y para que encontremos en nuestros corazones Tu Corazón Paternal. Líbranos, oh Padre de todo aquello que dificulta nuestro encuentro. Eres el Padre buenos que no nos olvida y no puede olvidarnos. Por eso, junto con María y en nombre de Tu Hijo Jesús, te agradecemos por todas las gracias que nos has dado aquí a través de Tu humilde sierva María. Abre nuestros ojos, para que podamos reconocer Tu obra aquí en Medjugorje y así estar agradecidos. Perdónanos, oh Padre si nos hemos convertido en ciegos en nuestras vidas, en esta Parroquia y en el mundo entero. Líbranos de esta ceguera, para que podamos ser alegres testigos de Tu inmenso amor por nosotros cada día. Danos la gracia de poder mantener vivo este lugar de oración, creado por María, y especialmente Te pedimos que limpies nuestros corazones para que puedan convertirse en un solo corazón con el corazón de Jesús y María, y así todos tengamos corazones de amor y paz."  (Fray Slavko Barbaric, Medjugorje, 27 de julio, 1999)



Atentamente Padre Patricio Romero